Cuando El Adiós Nos Devuelve
XLII
(Tú sí que fuiste el
arbotante de mis impulsos)
Acudiste a mi vida cuando naufragaba mi alma
en el embravecido oleaje de mi tormenta, amor,
y no perecí,
me empujaste, seda en tus manos. Me enseñaste
a nadar, y así me escapé del peligro, a la llegada
nos abrazamos en los broches de nuestros besos,
continuamos unidos en la caricia diaria, eternal
desfile de nuestros minutos vestidos de miradas,
donde la flor de tus labios en su dulzura destaca.

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